



Es un merito Universal ser longevo, y más aún si la longevidad está asociada a la lucidez mental, la creatividad y el talento activos. Este es el milagro de Oscar Niemeyer. A los 99 años (2006), diseña y contruye obras como en su etapa de plenitud, a la edad de cincuenta, cuando proyectó los edificios de Brasilia.
El auditorio de Ibirapuera fue construído en 2005 y proyectado entre 1951 y 1953 como parte del complejo de edificios que albergó la exposición del cuarto centenario de la ciudad de San Pablo (1954).
El nítido y abstracto volúmen encierra una suceción de sorpresas funcionales y formales. La primera es la roja y plegada lengua metálica que señala la entrada. Debatida invención plástica del maestro , denominada "lengua de fuego", preanuncia el efecto escenográfico del foyer, cuyo espacio geométrico estático contiene la vorágine escultórica de Tomie Ohtake y la rampa helicoidal de acceso a la sala de conciertos. Aqui, el centenario arquitecto y la nonagenaria escultora establecieron un fresco y juvenil diálogo estético basado en la integración de disímiles geometrías con la fusión de los colores rojo, blanco y negro.
A su vez, también la sala de 8oo localidades resulta insólita, por su escasa profundidad y su extrema anchura: posee 43 m entre las paredes del trapecio y 16 m hasta la boca del escenario. La sorpresa final es la puerta de guillotina de 20 m de ancho en el fondo del escenario que se abre hacia el parque y permite la realización de espectáculos visibles para 15000 personas situadas en el exterior del auditorio. (SUMMA+ Nº86)

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